ANTES QUE SE TERMINE
Es difícil hablar en primera persona. Decir lo que uno siente sin que suene falso, sin convertir la emoción en un gesto. Tengo la suerte —o la condena— de hacer lo que amo. De niños nos enseñan a perseguir los sueños, pero el sistema se encarga después de recordarnos que los sueños son eso: sueños. Y que, tarde o temprano, hay que aceptar lo que toca. Este año pasé más de ciento cincuenta días lejos de casa. Tengo treinta y siete años y el cuerpo me lo recuerda con una insistencia nueva. Ya no puedo dormir en los aviones. Me molesta cuando la cama del hotel no es como me gusta. Cada viaje disfruto menos esa comida que antes creía poder comer todos los días. Al mismo tiempo —y esto es lo extraño— tolero cosas que antes no soportaba y aprendí a disfrutar otras que durante años di por sentadas, sabiendo ahora que, en algún momento cercano, se van a acabar. Sin duda fue un año especial. No solo por haber logrado más de lo que alguna vez imaginé. Crecí, conocí, gané, perdí, aprendí. E...