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El problema no es que vuelva

El problema no es que Marcelo Martins vuelva. El problema es que Bolivia lo necesite. El retorno de un futbolista retirado puede leerse como nostalgia, como romanticismo o incluso como ese recurso tan repetido del “amor a la camiseta”. Pero cuando ese regreso se produce en el contexto de una selección que no encuentra gol, ni identidad, ni respuestas, deja de ser una anécdota. Se convierte en síntoma. El síntoma no habla del pasado del jugador. Habla del presente de la selección. Cuando el recurso es mirar hacia atrás en busca de soluciones, la pregunta no es sentimental: es estructural. ¿Qué se construyó en su ausencia? ¿Qué alternativas reales aparecieron? ¿Qué proceso puede sostenerse si depende de rescatar lo que ya se había despedido? El propio entrenador, hace no mucho, habló de cierre de ciclo. De renovación. De mirar hacia adelante. Hoy, ante la urgencia del gol, avala el regreso del futbolista retirado. Y cierra las puertas a jugadores en actividad y con nivel de selección. Ca...

Entre Caracollo y La Paz

En Bolivia el tiempo no siempre avanza: a veces se detiene. A veces retrocede. A veces se rompe. La ruta entre Caracollo y La Paz, que debería durar un par de horas, puede transformarse en una noche, en dos días, en una vida suspendida entre el altiplano, los bloqueos, el miedo y la incertidumbre. Con las manos en el volante, el motor apagado, la radio encendida pero sin sonido —no era un momento para música—, entendí que volver a casa pronto ya no era una opción. Mi optimismo, ese reflejo automático que siempre aparece, intentaba convencerme de lo contrario. Podían ser un par de horas. O un par de días. Afuera, la gente empieza a hablar más fuerte. Mi optimismo —otra vez— dice que no pasa nada, pero el cuerpo entiende lo contrario. La gente corre. Los motores suenan fuerte. Algunos autos retroceden a toda velocidad. Es difícil hacer eso sin mirar atrás. El sonido de vidrios rotos termina de explicarlo: piedras volando contra los autos. Hacemos lo mismo. Retroceder. Rápido. En ese mome...

ANTES QUE SE TERMINE

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  Es difícil hablar en primera persona. Decir lo que uno siente sin que suene falso, sin convertir la emoción en un gesto. Tengo la suerte —o la condena— de hacer lo que amo. De niños nos enseñan a perseguir los sueños, pero el sistema se encarga después de recordarnos que los sueños son eso: sueños. Y que, tarde o temprano, hay que aceptar lo que toca. Este año pasé más de ciento cincuenta días lejos de casa. Tengo treinta y siete años y el cuerpo me lo recuerda con una insistencia nueva. Ya no puedo dormir en los aviones. Me molesta cuando la cama del hotel no es como me gusta. Cada viaje disfruto menos esa comida que antes creía poder comer todos los días. Al mismo tiempo —y esto es lo extraño— tolero cosas que antes no soportaba y aprendí a disfrutar otras que durante años di por sentadas, sabiendo ahora que, en algún momento cercano, se van a acabar. Sin duda fue un año especial. No solo por haber logrado más de lo que alguna vez imaginé. Crecí, conocí, gané, perdí, aprendí. E...

No hay Mundial que por mal no venga

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Hace muchos años, mi hermano Juan solía decirme:   todo está arreglado . Lo decía con una mezcla de resignación y lucidez. Hoy creo que tenía razón. Perdimos la batalla. Todo está arreglado: los partidos, los torneos, los goles, las tarjetas, las sanciones. La lista podría seguir indefinidamente porque, en realidad, no hay nada fuera de su alcance. Castigan equipos, jugadores y entrenadores según el ánimo del día o el calendario. Si estás cerca del poder, los castigos nunca llegan; si no lo estás, aparecen en menos de veinticuatro horas. En Bolivia la justicia deportiva y el mérito deportivo no existen: existe el privilegio. Lograron alejar a la gente con el mismo método que el MAS perfeccionó durante años: hacerse los sordos, dejar que el tiempo —ese anestesista público— cubra todo con una capa de olvido. Que la gente se canse de indignarse. Que se resignen. Pero hay otros, sobre todo niños, que siguen soñando con el Mundial. Ahí está el problema. Nos hemos vendido la ilusión de q...

Portland

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    No sé si exista otra ciudad que me mueva tanto como Portland. Tal vez no he viajado lo suficiente —apenas cuatro o cinco visitas—, pero hay algo aquí que parece magia. Las últimas veces llegué al final del verano, cuando el sol se empeña en alargar su estadía, pocos lugares pueden competir con esa belleza. La primera vez, en 2018, tuve la impresión de entrar en una escena de película. Una de esas en las que alguien te secuestra y te deja tirado junto a las vías del tren. Todavía no había e-sim ni compañías que ofrecieran wifi ilimitado por un precio “razonable”. Tocaba robar señal en el aeropuerto, llamar un Uber y rezar que me llevara al destino correcto. Un año después descubrí que existía un tren de tres dólares. Todo, en Portland, parece de película. Recuerdo haber llegado a las tres de la mañana a un hotel donde todas las puertas daban a la calle. Afuera, autos inmóviles frente a cada entrada. Adentro, la habitación parecía un set de Scarface:...

El Centenario sin sentido

Las esperanzas se fueron hace dos días, o algo así. Murieron lentamente cuando Sporting Cristal no pudo en casa contra Cerro Porteño. Y entonces la sentencia: para clasificar, Bolívar debía ganarle en Brasil al Palmeiras. Sí, al Palmeiras. Ese con el que había jugado tres veces desde 1997, con un saldo que parece una broma pesada: catorce goles en contra, uno a favor, y ningún punto. Cero. Y por si todo eso fuera poco –como si la historia no trajera ya suficientes piedras en los bolsillos–, el mejor jugador del equipo, de la Copa, del fútbol boliviano entero, quedó suspendido provisionalmente. Dopaje. Ostarine, dicen. Un modulador selectivo de los receptores androgénicos. Suena a laboratorio, a músculo, a trampa. Mejora la fuerza, la masa, la ilusión. Pero no alcanzó a mejorar el presente. Entonces, Bolívar llegó al Allianz Parque con ese aire de equipo que juega una final sin final. Se notaba en los gestos. En la cara de los que por fin eran titulares: la dupla central de gala, los qu...

Cuando el negocio manda, el deporte pierde

Scrolleando en mi celular, me topé con una publicación de ESPN en la que Gerard Piqué , el eterno defensor del FC Barcelona, soltaba una de esas perlas que solo alguien ajeno al tenis podría enunciar con tal desparpajo. La cadena internacional, fiel a su estilo, acompañó las declaraciones con una foto de Piqué en pleno furor. La publicación decía lo siguiente: “La ITF no quiere cambiar nada. ¿Por qué sacas dos veces en el tenis? Son 30 segundos más de una persona picando la pelota. La gente no quiere ver eso. Tampoco desea ver un juego de cinco minutos con deuce-ventaja-deuce-ventaja. Habría que poner un punto de oro en 40-40”. Y entonces, se me vino a la cabeza mi deporte, el racquetball, y las decisiones “geniales” que toman los dirigentes. ¿Cómo es posible que alguien tan ajeno al tenis, y tan ajeno también a la práctica de cualquier deporte de raqueta, tenga la osadía de sugerir cambios que, en su mente, mejorarían la experiencia de los aficionados? No estamos hablando de un videoj...