ANTES QUE SE TERMINE
Este año pasé más de ciento cincuenta días lejos de casa. Tengo treinta y siete años y el cuerpo me lo recuerda con una insistencia nueva. Ya no puedo dormir en los aviones. Me molesta cuando la cama del hotel no es como me gusta. Cada viaje disfruto menos esa comida que antes creía poder comer todos los días. Al mismo tiempo —y esto es lo extraño— tolero cosas que antes no soportaba y aprendí a disfrutar otras que durante años di por sentadas, sabiendo ahora que, en algún momento cercano, se van a acabar.
Sin duda fue un año especial. No solo por haber logrado más de lo que alguna vez imaginé. Crecí, conocí, gané, perdí, aprendí. Extrañé. Extrañé mucho.
Cada viaje, cada torneo es distinto. Fullerton, el último del año, lo fue también. Tuvo un broche de oro, aunque no fue el título lo que lo volvió especial. Como pasa en casi todas las ciudades, conocimos personas, casi siempre mayores. El racquetball pertenece a otra generación: quienes lo sostienen, quienes lo mantienen vivo, quienes todavía se acercan a verlo, ya vienen de largo.
Después de la final busqué un momento a solas. Un rincón. Un poco de silencio. Un par de lágrimas. Agradecerme. Agradecer esa bendición rara de poder cumplir sueños.
—Cuando tenía tu edad jugaba igual que vos —me dijo uno de ellos.
Tiene setenta y siete años. Parece de sesenta.
—Ya no juego porque tengo mal las rodillas —agregó—. Ahora enseño boxeo a muchachos.
Ray —así se llama— habla como alguien que entendió el cuerpo antes de que el cuerpo le pasara factura. Charlamos más de quince minutos. De Crawford, de Canelo, de Whitaker, de Ryan García. De peleas, de técnica, de resistencia. Me pidió una foto. Posamos como boxeadores. Su amigo no quiso quedarse atrás:
—Yo hice kick boxing toda mi vida —dijo, y me mostró un tatuaje antes de pedirme otra foto.
Fue una conversación simple. Y profunda.
De esas que uno tendría con su padre si no conociera a su padre.
De deporte, de pasión, de disciplina, de resiliencia.
Al despedirse, Ray me dijo:
—Todavía te quedan muchos años. Las personas con tu corazón solo pueden triunfar.
Pensé después que llegar a esas personas, inspirarlas de alguna manera, es también un homenaje a mi padre. Al hombre que me hizo como soy. Él sigue ahí, con la misma esperanza de siempre, como la primera vez que me vio jugar. Y eso pesa. Acompaña. Sostiene.
He pensado muchas veces en ese momento cercano del que nadie quiere hablar. En si he disfrutado lo suficiente este camino. En si hice todo lo mejor posible. En si aproveché el don —y la bendición— de ser atleta. En descartar esa sensación incómoda de que, cuando se acabe, se pierde todo.
Perder.
La palabra prohibida.
Desde que tenía catorce años, desde que mi vida se partió en un antes y un después, nunca más quise perder. No un partido. No un punto. No algo. No a alguien.
Y, sin embargo, acá estoy. Empezando a despedirme, aunque no quiera. Sin saber bien de qué, ni cuándo. Solo con la certeza de que nada dura para siempre. Y de que aprender a soltar —tal vez— sea la última competencia que me toque jugar.
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