Entre Caracollo y La Paz
En Bolivia el tiempo no siempre avanza: a veces se detiene. A veces retrocede. A veces se rompe. La ruta entre Caracollo y La Paz, que debería durar un par de horas, puede transformarse en una noche, en dos días, en una vida suspendida entre el altiplano, los bloqueos, el miedo y la incertidumbre. Con las manos en el volante, el motor apagado, la radio encendida pero sin sonido —no era un momento para música—, entendí que volver a casa pronto ya no era una opción. Mi optimismo, ese reflejo automático que siempre aparece, intentaba convencerme de lo contrario. Podían ser un par de horas. O un par de días. Afuera, la gente empieza a hablar más fuerte. Mi optimismo —otra vez— dice que no pasa nada, pero el cuerpo entiende lo contrario. La gente corre. Los motores suenan fuerte. Algunos autos retroceden a toda velocidad. Es difícil hacer eso sin mirar atrás. El sonido de vidrios rotos termina de explicarlo: piedras volando contra los autos. Hacemos lo mismo. Retroceder. Rápido. En ese mome...