Entre Caracollo y La Paz
En Bolivia el tiempo no siempre avanza: a veces se detiene. A veces retrocede. A veces se rompe. La ruta entre Caracollo y La Paz, que debería durar un par de horas, puede transformarse en una noche, en dos días, en una vida suspendida entre el altiplano, los bloqueos, el miedo y la incertidumbre.
Con las manos en el volante, el motor apagado, la radio encendida pero sin sonido —no era un momento para música—, entendí que volver a casa pronto ya no era una opción. Mi optimismo, ese reflejo automático que siempre aparece, intentaba convencerme de lo contrario. Podían ser un par de horas. O un par de días.
Afuera, la gente empieza a hablar más fuerte. Mi optimismo —otra vez— dice que no pasa nada, pero el cuerpo entiende lo contrario. La gente corre. Los motores suenan fuerte. Algunos autos retroceden a toda velocidad. Es difícil hacer eso sin mirar atrás. El sonido de vidrios rotos termina de explicarlo: piedras volando contra los autos. Hacemos lo mismo. Retroceder. Rápido.
En ese momento el cuerpo actúa solo. Hay un frío breve en el pecho que vuelve más fácil retroceder sin pensar demasiado. La cabeza se limita a una idea básica: ponerse a salvo. Que no nos pase nada. El cuerpo entra en una especie de automático, atento, preciso, sin margen para el miedo.
Pasa la primera noche. La compartimos con un amigo del colegio que tuvo la misma suerte que nosotros y con otro más, que por conveniencia se suma al grupo: dice conocer caminos alternos para esquivar los bloqueos. Después de desayunar un sándwich de huevo, intentamos encontrarlos. Empezar a recorrer rutas sin saber cuánto pueden demorar ni a dónde llevan desgasta rápido: la gasolina no sobra y la paciencia empieza a escasear. El “guía”, que el día anterior intentó sin éxito pasar el bloqueo varias veces, es ahora nuestra esperanza. Con la luz del sol —pensamos— quizá tenga más suerte.
Con algo de suerte, con nuestro “guía” y luego con otros dos o tres, logramos pasar tres o cuatro bloqueos. El paisaje cambia rápido: del altiplano a las dunas, de las dunas otra vez al altiplano. Miedo. Correr. Pensar. La gasolina. Llegar a Patacamaya. Sentirnos seguros por primera vez en muchas horas. Comer charque: la primera comida decente en cuarenta y ocho horas. Cargar gasolina a diecisiete bolivianos el litro. Alivio.
En el siguiente pueblo aparece Lucrecia. Tiene veintinueve años, es comunaria de Patacamaya y esa misma mañana salió de La Paz esquivando bloqueos. Quiere volver a su casa, donde la esperan su marido —de cincuenta— y su hijo de quince. Nos convence de llevarla con una lógica simple: tiene el carnet de su marido, dirigente, y a los dirigentes los dejan pasar. O al menos eso nos dice.
Pasan las horas. Llega la noche. Lucrecia intenta negociar, pero no alcanza. A mi amigo del colegio lo dejan seguir: viaja con su suegra, mayor, delicada, y los bloqueadores se apiadan. Nos despedimos ahí mismo. Nosotros nos quedamos.
En la espera, Lucrecia cuenta que si no se presentaba en el bloqueo le cobrarían una multa de trescientos bolivianos. Que su marido le dijo que no vaya, pero que ella insistió. Tiene miedo de perder su lugar en la comunidad. Miedo de perder la casa.
Ella se duerme. Cada hora la despertamos para que intente negociar. Nada. Dormimos una hora. Esperamos media. Así pasa otra noche.
Tercer día. Otro guía. Nuevos paisajes: más altiplano, algunas ruinas, y otra vez altiplano. Otro bloqueo. Llegamos a Ayo Ayo e intentamos pasar por lugares que no deberíamos, que no se puede. Frenamos. Pensamos. Esta vez decidimos que la paciencia le gane a la imprudencia.
Quedamos de nuevo solos, entre dos bloqueos. Vuelve el miedo, aunque esta vez no sabemos bien a qué. Sin explicación, nos dejan pasar cuando pedimos entrar al pueblo. Entramos. El camino está libre. Escapamos.
A partir de ahí sentimos que lo peor ya pasó. Es de mañana. Es viernes. Habíamos salido el miércoles. Empezamos a entender cómo funcionan los caminos alternos. Pasamos los bloqueos con la experiencia torpe de quien ya estuvo ahí. No con valentía: con paciencia.
El Alto aparece al final del camino. La Paz. Llegamos. A salvo. Sin gasolina.
Viernes, 16:30.
Comments
Post a Comment