El problema no es que vuelva
El problema no es que Marcelo Martins vuelva. El problema es que Bolivia lo necesite.
El retorno de un futbolista retirado puede leerse como nostalgia, como romanticismo o incluso como ese recurso tan repetido del “amor a la camiseta”. Pero cuando ese regreso se produce en el contexto de una selección que no encuentra gol, ni identidad, ni respuestas, deja de ser una anécdota. Se convierte en síntoma.
El síntoma no habla del pasado del jugador. Habla del presente de la selección. Cuando el recurso es mirar hacia atrás en busca de soluciones, la pregunta no es sentimental: es estructural. ¿Qué se construyó en su ausencia? ¿Qué alternativas reales aparecieron? ¿Qué proceso puede sostenerse si depende de rescatar lo que ya se había despedido?
El propio entrenador, hace no mucho, habló de cierre de ciclo. De renovación. De mirar hacia adelante. Hoy, ante la urgencia del gol, avala el regreso del futbolista retirado. Y cierra las puertas a jugadores en actividad y con nivel de selección. Cambiar de opinión no es un pecado. Lo inquietante es que el giro no responda a una evolución del proceso, sino a la falta de respuestas.
Marcelo Martins tiene 38 años. Desde 2015 ha transitado por distintos equipos en China, Paraguay, Ecuador y Brasil, en ciclos breves. Su mejor versión internacional fue en 2008, con Cruzeiro: ocho goles en una Copa Libertadores que lo proyectó a Europa. Después de eso, su carrera fue correcta, errante, pero nunca volvió a alcanzar aquel pico.
En clubes suma 457 partidos y 154 goles: un promedio cercano a uno cada tres encuentros. En la selección disputó 108 partidos y marcó 31 goles, también alrededor de uno cada tres partidos. Son números discretos. Pero no son números que expliquen, por sí solos, una dependencia estructural.
Lo que resulta más revelador no es el regreso en sí, sino la forma en que se lo presenta. Titulares celebratorios. Narrativas épicas. El retorno del “salvador”. El recurso del “amor a la camiseta”. Como si el problema fuera sentimental y no estructural.
Cuando la discusión se reduce al gesto romántico del retorno, se evita la pregunta incómoda: ¿por qué el fútbol boliviano sigue dependiendo de un nombre que ya se había despedido?
El regreso puede emocionar. Puede incluso ilusionar. Pero también puede funcionar como anestesia. Porque mientras se celebra el pasado, se posterga el debate sobre el presente. Y sin debate, no hay proceso. Solo repetición.
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