No hay Mundial que por mal no venga
Castigan equipos, jugadores y entrenadores según el ánimo del día o el calendario. Si estás cerca del poder, los castigos nunca llegan; si no lo estás, aparecen en menos de veinticuatro horas. En Bolivia la justicia deportiva y el mérito deportivo no existen: existe el privilegio.
Lograron alejar a la gente con el mismo método que el MAS perfeccionó durante años: hacerse los sordos, dejar que el tiempo —ese anestesista público— cubra todo con una capa de olvido. Que la gente se canse de indignarse. Que se resignen.
Pero hay otros, sobre todo niños, que siguen soñando con el Mundial. Ahí está el problema. Nos hemos vendido la ilusión de que clasificar es un triunfo nacional, una señal de progreso. Nadie quiere decir en voz alta lo que es evidente: ¿somos conscientes del daño que nos haría clasificar hoy a un Mundial? ¿Entendemos la mentira que implicaría? ¿El engaño colectivo que supondría convencernos de que estamos a la altura?
Clasificar hoy no tiene la dificultad de antes. Solo tres de diez equipos quedan fuera. No es un mérito: es una invitación casi automática. Y ahí reside el peligro. Porque si Bolivia clasifica, aunque sea de rebote, corremos el riesgo de creer que el fútbol boliviano funciona. Que la estructura sirve. Que los dirigentes trabajan. Que los clubes crecen. Que algo —cualquier cosa— está bien. Subiríamos a una nube que no nos corresponde, una ilusión financiada por nuestra propia ceguera.
Es el negocio del fútbol el que ha distorsionado todo. Ya no importa que el ídolo de un niño se quede en su club, que el equipo gane un clásico, que la institución crezca y que la gente pueda volver al estadio un domingo. Ahora importa el dinero. Solo el dinero. Los dirigentes no piensan en los clubes ni en sus hinchas: piensan en viáticos, en cargos, en ascensos políticos y económicos. El fútbol boliviano es apenas un medio para su propio beneficio.
No estamos solos: basta mirar al vecino. Ese vecino que idolatramos, al que queremos copiarle hasta el acento. Argentina está hoy hundida en un escándalo que, de no haber ganado el Mundial, habría dejado al presidente de la AFA en su casa o en una celda. Empresas fantasma, títulos entregados por decreto, arbitrajes que se doblan según la conveniencia, partidos que huelen a arreglo. Y ahí está la ironía: con toda la distancia que hay entre su fútbol y el nuestro, la política opera con la misma torpeza, la misma impunidad, la misma sensación de que nadie paga nada.
Allá y acá, el poder se protege igual: victimización, discursos calculados, comunicados de clubes defendiendo al presidente de turno, favores disfrazados de patrocinio. Si no, ¿cómo se explica que más de la mitad de los equipos reciba “apoyo” de una universidad cuyo dueño es el presidente de la Federación? No es ayuda: es alineamiento. Es control.
Por eso, en resumen, clasificar sería una catástrofe. Porque un Mundial lo tapa todo, Argentina es la prueba.
Clasificar anestesia, adormece, absuelve. Deja impunes a los mismos que están vaciado el fútbol nuestro fútbol.
Un Mundial validaría a los dirigentes, consolidaría sus redes, legitimaría sus abusos. Haría creer a un país entero que estamos mejor de lo que estamos. Convertiría una estructura enferma en un éxito definitivo.
Y no hay nada más peligroso para un país que celebrar una mentira que lo mantiene pequeño.
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