Cuando el negocio manda, el deporte pierde

Scrolleando en mi celular, me topé con una publicación de ESPN en la que Gerard Piqué, el eterno defensor del FC Barcelona, soltaba una de esas perlas que solo alguien ajeno al tenis podría enunciar con tal desparpajo. La cadena internacional, fiel a su estilo, acompañó las declaraciones con una foto de Piqué en pleno furor. La publicación decía lo siguiente: “La ITF no quiere cambiar nada. ¿Por qué sacas dos veces en el tenis? Son 30 segundos más de una persona picando la pelota. La gente no quiere ver eso. Tampoco desea ver un juego de cinco minutos con deuce-ventaja-deuce-ventaja. Habría que poner un punto de oro en 40-40”.

Y entonces, se me vino a la cabeza mi deporte, el racquetball, y las decisiones “geniales” que toman los dirigentes. ¿Cómo es posible que alguien tan ajeno al tenis, y tan ajeno también a la práctica de cualquier deporte de raqueta, tenga la osadía de sugerir cambios que, en su mente, mejorarían la experiencia de los aficionados? No estamos hablando de un videojuego. Estamos hablando de un deporte que lleva más de un siglo de historia.

Hoy, el deporte parece ser propiedad de aquellos que están ahí por el dinero —ya sea mucho o poco— o por el estatus de poder que les da formar parte de alguna organización deportiva: ITF, Comité Olímpico, o incluso esas asociaciones de barrio que, irónicamente, tienen más poder que los propios jugadores. Recuerdo que hace días pensé en escribir algo sobre mi deporte, el racquetball, y este comentario de Piqué me dio el pie perfecto. ¿Cambiar las reglas? ¿Bajo qué argumento? Ah, claro, en el racquetball encontraron uno brillante: la ilusión de convertirse en un deporte olímpico. ¿Y qué hicieron los grandes dirigentes? Cambiaron la puntuación para los torneos oficiales de selecciones, como si eso fuera a cambiar el destino del deporte. Algo similar a lo que sucedió en el voleibol, cuando cambió su puntuación y, aparentemente, revivió.

Quieren democratizar las medallas, que todos tengan la oportunidad de ganar una y que la televisión transmita partidos de racquetball. Además, creen que los jugadores de racquetball piden un partido más corto y más “equitativo”. Y, ¿qué pasa? El resultado sigue siendo el mismo: los que ganan, siguen siendo los mismos. ¿Se igualó el nivel de los jugadores? No. Lo que hicieron fue igualar para abajo. Los que sacan todas las medallas siguen siendo México, Estados Unidos, Bolivia, Canadá. Y eso, supuestamente, lo hicieron para que los países menos favorecidos tuvieran más oportunidades. Pero claro, esas sorpresas solo ocurren en rondas preliminares. En las finales, los de siempre ganan.

Además, agregaron una categoría más a los juniors (21 años) y un evento nuevo: los dobles mixtos, porque ahora tienen más tiempo disponible por que bajo su lógica y sus nuevas reglas, los juegos no duran más de 45 minutos. Y esto, como no podía ser de otra manera, significa más ingresos por inscripciones. El mixto, supuestamente, es para que los países menos favorecidos ganen medallas. ¿Y para qué? Para que los comités olímpicos sigan apoyando el racquetball. Es un ciclo que no tiene fin, pero parece que todo el mundo está contento mientras se mantengan las medallas fluyendo.

Lo que realmente falta en los deportes no es dinero ni más eventos. Es gente que entienda de qué se trata el juego, gente que realmente se preocupe por el bienestar de los atletas y que no mire todo desde la perspectiva de “más medallas, más dinero”. Porque, al final del día, no se trata de eso. Se trata de que el deporte no sea solo una caja registradora. Como dijo algún sabio a unos atletas alguna vez: “Ustedes jueguen nomás”. 

Y así seguimos, adaptándonos a un sistema que, en lugar de evolucionar, se está arruinando a sí mismo


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