El abrazo que quedó pendiente

Nos cuesta despedirnos. Quizás porque nunca nadie nos enseñó cómo hacerlo.

¿Qué decimos en ese momento? Yo solo atiné a darle las gracias por haber compartido este mundo conmigo. Ella, en cambio, me pidió perdón. No sé por qué. Según ella, alguna vez, tal vez, me dijo algo que me lastimó. Si así fue, seguramente me lo merecía.

La miré. Ella me miró.

Su mano, frágil, fría, descansaba en el mesón de la cocina, el mismo donde siempre me recibía cuando pasaba de visita. El mismo de siempre, pero distinto ahora, porque en ese instante pensé que sería era la última vez.

"Está bien que llores, hijo, pero cuando esté muerta, ya no llores por mí. Ya estaré muerta."

Eso también me dijo la Mimi recordé y lo dije en voz alta.

"Hijo, aunque usted no crea, yo le pido a Jehová Dios que lo cuide siempre. Sea un buen hijo, un buen hermano, un buen ser humano."

Yo solo pude decirle: "Quédate tranquila, todos estaremos bien."

Pero, ¿cómo se le pide a alguien que muera en paz? ¿Alguien puede realmente morir en paz? Dejamos este mundo, dejamos a los que amamos, nos aferramos hasta el final. Y sin embargo, tarde o temprano, nos acostumbramos.

Así somos los seres humanos: nos acostumbramos incluso a la ausencia.

Solo espero encontrarte pronto y darnos ese abrazo que quedó pendiente.


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