El Centenario sin sentido



Las esperanzas se fueron hace dos días, o algo así. Murieron lentamente cuando Sporting Cristal no pudo en casa contra Cerro Porteño. Y entonces la sentencia: para clasificar, Bolívar debía ganarle en Brasil al Palmeiras. Sí, al Palmeiras. Ese con el que había jugado tres veces desde 1997, con un saldo que parece una broma pesada: catorce goles en contra, uno a favor, y ningún punto. Cero.

Y por si todo eso fuera poco –como si la historia no trajera ya suficientes piedras en los bolsillos–, el mejor jugador del equipo, de la Copa, del fútbol boliviano entero, quedó suspendido provisionalmente. Dopaje. Ostarine, dicen. Un modulador selectivo de los receptores androgénicos. Suena a laboratorio, a músculo, a trampa. Mejora la fuerza, la masa, la ilusión. Pero no alcanzó a mejorar el presente.

Entonces, Bolívar llegó al Allianz Parque con ese aire de equipo que juega una final sin final. Se notaba en los gestos. En la cara de los que por fin eran titulares: la dupla central de gala, los que vinieron a ordenar el caos. Los más esperados. Y algo tienen. Se nota en lo poco que jugaron que son otra cosa. Otra liga. Pero la zaga tiene cuatro, y los laterales –los nacionales– se encargan de recordarnos cuán lejos estamos.

A los doce minutos, 2-0. Partido liquidado. Sin épica. Sin reacción. Apenas un trámite tibio, una sucesión de pases que no van a ninguna parte. Mucha posesión de balón para el visitante. Pero eso no significa nada cuando la pelota viaja de izquierda a derecha en veinte metros sin sentido, sin vértigo, sin sangre. Hasta que termina en un centro buscando al mismo de siempre: Gomes.

Y cuando parecía que no podía empeorar, empeoró. A los 50 del segundo tiempo, Torrén lanza un codazo de MMA. Pero el partido ya estaba muerto. El árbitro, compasivo, lo resuelve con una amarilla. Esas cosas que solo pasan cuando el marcador ya está definido y la clasificación quedó en otra parte.

A los 70, Ramírez –ese que todavía juega como si creyera– corre más de cuarenta metros para recuperar un balón. Gana. Saca. Esquina. Gol. Anulado por el VAR. Después, Ramírez queda lesionado. Una vez más.

También hubo un gol de Dorny anulado por posición adelantada de Savio. Una mano en el área que no fue penal. Una colección de pases errados de Rocha, todos los pases de Sagredo hacia atrás. Al menos diez bicicletas del Papu frente a nadie. Nueve minutos de adición que fueron una tortura.

Así se va Bolívar de la Copa Libertadores, la copa de su centenario. La que prometía algo. La que los hinchas soñaron con protagonizar. La que terminó con más sombras que luces. Con decisiones arbitrales dudosas, lesiones inoportunas, goles anulados, y una derrota que no sorprende a nadie.

Un centenario donde el presidente del club –ese que cree ser el Elon Musk latinoamericano– prefirió apostar por la política antes que por el equipo. El que cada seis meses amenaza con irse, llevarse el dinero, la pelota, y todo lo que huela a gloria.

¿Qué le queda a Bolívar? Jugar la Sudamericana, tal vez. Soñar con repetir el 2004. Ganar la liga, quizás.

Pero sostener el discurso de grandeza –de club centenario, de historia, de casta– se vuelve más difícil cuando el presente duele tanto.



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