Portland

 

 

No sé si exista otra ciudad que me mueva tanto como Portland. Tal vez no he viajado lo suficiente —apenas cuatro o cinco visitas—, pero hay algo aquí que parece magia. Las últimas veces llegué al final del verano, cuando el sol se empeña en alargar su estadía, pocos lugares pueden competir con esa belleza.

La primera vez, en 2018, tuve la impresión de entrar en una escena de película. Una de esas en las que alguien te secuestra y te deja tirado junto a las vías del tren. Todavía no había e-sim ni compañías que ofrecieran wifi ilimitado por un precio “razonable”. Tocaba robar señal en el aeropuerto, llamar un Uber y rezar que me llevara al destino correcto. Un año después descubrí que existía un tren de tres dólares.

Todo, en Portland, parece de película. Recuerdo haber llegado a las tres de la mañana a un hotel donde todas las puertas daban a la calle. Afuera, autos inmóviles frente a cada entrada. Adentro, la habitación parecía un set de Scarface: un teléfono noventero que amenazaba con sonar en cualquier momento. Aseguré la puerta, muerto de miedo, e intenté dormir después de cuarenta y cinco horas de viaje.

La mañana era otra cosa. Diciembre. Cielo nublado, aire espeso, grisura. Camino al club, Portland empezó a dejar su huella. Casas antiguas, algunas con ventanas rotas, otras tapiadas con maderas hinchadas por la lluvia. Las calles cubiertas de hojas en descomposición, el olor a invierno que avanza. Todo tétrico, todo hermoso.

Septiembre, en cambio, es amable. El clima perfecto: noches frescas y días cálidos. La gente come en las mesas sobre la calle, en restaurantes que parecen escapar de un catálogo de viajes. De pronto, sin mostrarse peligrosos, pasan indigentes entre las mesas. Y, ya sea diciembre o septiembre, esa escena jamás cambió.

 

 

La marginalidad de una ciudad de postal es desgarradora. Campamentos de personas con adicciones se multiplican en las veredas: ya no es parte de una película de terror, sino de una realidad que golpea. Un recordatorio brutal de cómo el ser humano insiste en destruir no solo la naturaleza, sino también a sí mismo.

Las hojas secas, las casas viejas, el olor a madera húmeda quedan. Como queda, también, alguien tendido al costado de la vereda, durmiendo en una carpa, acompañado únicamente por una aguja.

Comments

Popular posts from this blog

El problema no es que vuelva

Entre Caracollo y La Paz

No hay Mundial que por mal no venga