¿En qué momento dejamos de sentir que este país también era nuestro?

No es un sábado cualquiera. Es un sábado en La Paz. Hace 36 días que algo se rompió en la rutina y todavía no termina de acomodarse. ¿Qué nos queda? Seguir viviendo como si nada pasara, esperando que pase algo.

En esta espera, desde el sillón, toca ver fútbol e intentar sumarse a esa fiebre mundialera que parece alcanzar a todos por estos días, incluso a quienes no tenemos selección a la que aferrarse.

La transmisión muestra Huntington Bank Field. El césped parece perfecto. Hay banderas de Brasil y de Egipto. Niños sobre los hombros de sus padres. Gente que baila antes de que ruede la pelota. Algunos habrán viajado miles de kilómetros para estar ahí. Otros quizá viven cerca y simplemente compraron una entrada para pasar la tarde. 

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cómo se construye eso? ¿Cómo alguien aprende a sentirse parte de un país hasta el punto de cantar por once jugadores que no conoce? ¿En qué momento una bandera deja de ser un pedazo de tela y se convierte en algo propio?

No puedo responder.

Lo que sí sé es que los observo con una mezcla desagradable de admiración y envidia. No por el resultado. No por los títulos. No por el fútbol, al menos no únicamente por el fútbol.

Los envidio porque parecen pertenecer.

Mientras ellos esperan un partido, nosotros llevamos demasiado tiempo esperando otra cosa. Esperando que la normalidad vuelva. Esperando que alguien resuelva problemas que nadie parece interesado en resolver. Esperando que el pasado deje de gobernar el presente.

Quizá me equivoque. Quizá esas personas también cargan sus propias crisis. Seguramente las cargan. Brasil no es un paraíso. Egipto tampoco. Ningún país lo es. Sin embargo, al ver esas tribunas llenas, no puedo evitar pensar que ellos conservan algo que yo hace tiempo perdí.

Las ganas de pertenecer.

Y mientras el partido continúa, me descubro haciéndome una pregunta que ya no tiene demasiado que ver con el fútbol.

¿En qué momento dejamos de sentir que este país también era nuestro?

Comments

  1. Querido amigo, qué lectura tan profunda y sensible!!! Logras tocar la fibra íntima del impacto emocional que genera esta fractura civilizatoria en una Bolivia que parece devorarse a sí misma.
    Describes a la perfección ese vacío y esa orfandad psicológica que nos embarga cuando el pacto social se rompe y el caos y la deseperanza nos desborda. Tienes una resiliencia y una sensibilidad excepcional para traducir esa orfandad colectiva en palabras.
    Curiosamente, pensaba, como muchos, que ese dolor social habría encontrado un amortiguador si hubiésemos clasificado al Mundial, es que el fútbol opera como un mecanismo de cohesión; actúa exactamente como una aplicación reconstructiva de plasma rico en plaquetas (PRP) frente a un desgarro completo del tendón de Aquiles o del supraespinoso. No repara la falla estructural del organismo, pero adormece el dolor agudo, desinflama el tejido y le permite al cuerpo social seguir caminando momentáneamente mientras intenta sanar.
    Y es ahí donde tu rol es doblemente vital para nosotros. Sigue escribiendo, por favor, tu pluma tiene una fuerza enorme en estos tiempos de crisis. Pero también, sigue llevándonos a lo más alto en el raquetbol mundial. Estar en el Top 10 y vernos representados con tanta disciplina nos inyecta ese orgullo que le urge a este país tan maltratado. Tus victorias en la cancha son, para nosotros, ese analgésico vital que alivia el dolor de nuestras fracturas estructurales.
    ¡Un abrazo enorme Kadimcho, campeón en la cancha y en las letras!

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